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SOBRE
LA NATURALEZA HUMANA Y TAMBIÉN SOBRE LA MANIPULADA
Por Oswaldo ROSES
El dolor es connatural al ser humano pero psicológicamente no -sí
unas predisposiciones, como todo-; pues depende de unas sensibilidades
cultivadas y de unos valores humanitarios. Así, mientras unos sienten
dolor ante un niño que pasa hambre otros al momento siguen con
lo suyo o, incluso, ganando más y más dinero como si nada,
como si tuvieran escrúpulos de piedra.
Digamos que mientras unos se conduelen ante una injusticia o son coherentes
ante ella -fieles, consecuentes, equilibrados- con unos valores sólidos
otros siguen o copian rápidamente a un tal Bush el Grande derrochando
medios para su egolatría o errores o para sus tonterías
sin arreglo por doquier. O sea, unos responden -se conmueven- con dolor
ante lo que no pueden aprobar o dar las espaldas o a lo que es realidad
-y se les considera a veces enfermos- y otros, sin embargo, son imitados
sólo porque tienen "poder" aunque no tengan vergüenza...;
pero mediáticamente se admiran porque tienen "poder"
sobre los demás -cuando son esos los verdaderamente enfermos mentales
o alejados de la realidad o desequilibrados de todo tipo de verdad
o de razón-.
Sólo, únicamente
la empatía nos da una señal de la cordura.
BASES HUMANITARIAS
Pecados capitales para Ghandi:
"Riqueza sin ser trabajada, conocimiento sin un carácter,
comercio inmoral o injusto, ciencia sin humanidad, corazón sin
sacrificio, política sin principios".
SOBRE LA MANIPULACIÓN
PSICOLÓGICA QUE HACEN ALGUNOS
Si tú reprimes tus sentimientos ¿cómo puedes decir
que eres honesto si esta virtud se basa en manifestar lo que sientes?,
¿cómo se come eso?; también ¿cómo sentirte
libre si vives en una represión interior?; también ¿cómo
saber de la realidad si evitas o eludes o aíslas a la realidad?
Ah!, pero otro asunto, otro
contexto, otro "mundo" es el aislarte de algo o de alguien que
te provoca o te da un problema en tu propia vida; ah!, también
el aíslarte de un problema social "caliente" para reflexionar
sobre él "en frío" pero esto se lleva a cabo ¡siempre!
después de que te hayas tú acercado, de que lo hayas sentido
ya como tú eres -y es otra cosa, se trata
de que ya te ha conmovido-.
Por supuesto, y es que las emociones han de estar racionalizadas, esto
es, ser guiadas por un tú de valores y de principios para que haya
así ¡siempre! una preferencia del sentimiento de paz sobre
el sentimiento de guerra -por ejemplo-; he ahí ya que las emociones
son -por civilidad o por cordura- emociones de algo racional: de lo justo,
de la bondad, de lo armónico, etc.
A ningún pintor se le ocurre decir "Voy a pintar reprimiendo
mis sentimientos" -porque estaría entonces loco o sencillamente
no pintaría- ni a nadie de cabeza suficientemente, digamos, amueblada.
Otra cosa es preferir o "sobrealimentar" tipos de sentimientos
ante algo; ah, pero después de no aislarla -la realidad- y de no
reprimir nada que forma parte de la identificación diferencial
de cada persona.
ACLARACIONES
PRECISAS
Por Oswaldo ROSES
El contexto afectivo, sugestivo
o emocional no se puede "saber" al modo objetivo, con una exactitud,
con una concreción; por consecuencia, en cuanto a que sólo
lo objetivo se puede controlar -al ya conocerlo o saberlo-,
el contexto afectivo no es controlable, o sea, las circunstancias primeras
y las que se dan a lo largo de la vida sí modelan o determinan
ese contexto
emocional, no cualquier otro capricho, y en esas circunstancias al mismo
tiempo es factible una inculcación ética, que condicionará
sin lugar a dudas. Así, es la epigénesis la que validará
o conducirá a unos concretos intereses sociales.
Por otra parte, se adueñan
del discurso del optimismo precisamente los que ostentan recursos (laborables,
culturales, estéticos o materiales) para contraponerlo a los que
no los ostentan, digamos, como un arma de desprecio o de subestima.
En algunos sitios se imponen emociones o, bien, se prejuzga con unas emociones
imperantes. Una emoción en concreto, por ejemplo la tristeza, causa
sospecha, recelo, intolerancia en cuanto a que el que está todos
los días explotando a un trabajador se molesta encima de que ése
esté triste, se molesta; también, el que está todos
los días maltratando a su mujer -sólo con no permitirle
los mismos derechos- encima se molesta de que ella esté triste,
cuando casi únicamente lo está por la inutilidad del maltratador,
por la inutilidad de su inhumano optimismo -ya que él, a diferencia
de ella, sí está más optimista y se encuentra muy
bien y beneficia desde el principio de una injusticia su optimismo-.
Por supuesto, la tristeza de algunos no es una depresión ni otros
cuentos o leyendas, no, sino el resultado de una resistencia, el resultado
de un agotamiento, que no es ni puede ser precisamente otro.
Dicho más claro: Si un caballo cualquiera un hijodeputa lo sobrecarga,
el caballo termina por hundirse, pero ¿porque él quiere?,
¿porque está enfermo?
No, sencillamente por el susodicho que lo sobrecargó.
Eso de que un ser humano está
genéticamente predeterminado o predispuesto para suicidarse o causarse
él mismo una infelicidad es, digamos, un cuento chino, una mala
broma; pues ningún ser vivo lo está, sino sólo para
sobrevivir, ¡ah!, si le dejan con las capacidades que cuenta: sino
es oprimido como se hace en sociedad.
Otros temas: La resonancia
magnética realizada al cerebro localiza, no controla nada; esto
es, el advertir dónde está el hambre en el mundo sólo
es una localización -bien, cierto "control de localización
o de situación espacial"-, pero no que se controla el hambre
-lo que conllevaría unas extensas medidas de justicia en el mundo-.
Aunque me remito a que, asimismo, son dos contextos muy diferentes. También,
que el cerebro se autoengaña dicho así, aunque sea
en algunas circunstancias- es una falacia, por cuanto que ya el autoengaño
se consigue o se logra con la voluntad, con una voluntad "retorcida"
en sociedad o decidida de conciencia si se entiende mejor. También,
las culturas no enseñan a negar el dolor, sino las maneras de asumirlo
que es distinto, pero lo libre sería éticamente que cada
persona lo asumiera por ella misma.
Terminando, se habla de que
ciertas películas -incluso ciertos libros literarios- están
basados en la realidad -a propósito de la película "El
Código Da Vinci"- y no es verdad, en tanto que -por esa misma
regla- la imaginación, asimismo, está basada en la realidad
al extraer todos sus elementos de la realidad. Sí, todo está
basado en la realidad si se atiende únicamente a la base de que
todos los elementos que utiliza el ser humano son entresacados forzosamente
de la realidad -no va a ir a la antirealidad a
elegirlos-. No obstante, sí, otra cosa es que una preocupación
social -o una singular historia real, con los elementos que ha tenido
y mantenido cohesionados- esté reflejada en una película,
no que la película se base en otra realidad que no sea la suya
propia.
DEL
ROMANTICISMO AL DECADENTISMO
Por
José Repiso Moyano
Escritor,
poeta, y ensayista nacido en Cuevas de San Marcos (Málaga), 1965,
José Repiso Moyano difunde actualmente su obra de pensamientoimportantes
medios de México, Cuba, Argentina, Bolivia, Colombia y Perú,
entre otros. Reconocido también como poeta, recibió premios
y fue incluido en NUEVA POESÍA HISPANOAMERICANA, Ed. Lord Byron,
Lima, 2004.Como poeta, es conocido también con el seudónimo
de Oswaldo Roses.
Con los antecedentes del "Sturm und Drang" alemán ,
de algunas corrientes culturales que buscaban una estética del
corazón afines a algunas ideas de Diderot, Rousseau y Kierkegaard,
del gusto literario por la aventura, por lo exótico, por los misterios
de la naturaleza, de una reacción necesaria contra las reglas del
manido clasicismo y contra la esclavizante imitación religiosa,
se extendía el movimiento romántico con su ansia especial
por alcanzar lo infinito, lo ilimitado, con sólo el interior humano.
Así pues, el romanticismo significó una reivindicación
de lo sensible "sin límites", con la puesta en marcha
del "ideal del yo" a pleno riesgo, constituyendo un tendencioso
misticismo del engrandecido "amor-dolor" para que diera, para
que fructificara, para que justificara al fin y al cabo un sentido a la
vida; por consiguiente, pretendía un equilibrio no ya con el avance
científico o con la racionalidad, no ya con el progreso mecanicista
de la civilización al cual estaban sujetos los ilustrados, sino
con la mismísima interiorización como "camino"
descubridor o iluminador de las "raíces" y de las energías
de un pueblo por librarse de sus servilismos: su política era más
bien nacionalista, no universal; su modo de concebir la convivencia era
más bien popular, de rebelarse contra lo injusto y de sacrificarse
por un pueblo o nación, no tanto cosmopolita. He ahí las
dos claves del romanticismo: rebelión desde el "yo" y
sacrificio -hasta el punto de conducir a la vanidad-.
Las primeras escuelas de formación romántica se crearon
en Alemania, pero el concepto y esa visión de la cultura diferente
se la debemos en gran parte a los hermanos Schlegel y a Novalis; mientras
los primeros teorizaron sobre lo que debía ser la nueva sentimentalidad,
por el contrario, Novalis, representó, practicó tal estética
con su gran significado trascendente. Desde luego, para Novalis ("todo
se hace romántico") lo vulgar, lo nimio, lo aparente intestaban
en el corazón intensificándolo de grandeza y de vida; porque
todo era "importante", partícipe, para él, porque
cada cosa ocupa un sitio espiritual y, por esa ocupación absoluta
-no prescindible-, contagia, determina y engrandece a los demás
elementos que intervienen o "hacen vivir" a los sentimientos.
Este poeta, así, exaltaba la magia de cada detalle por el cual
la emoción sólo es posible, es decir, suma o produce o presenta
una emotividad. Luego, otro poeta, Hörderlin, lo madurará
en su indescriptible y "heroizado" interior.
El romanticismo se propaga por Europa durante la primera mitad del siglo
XIX. En Inglaterra destacó Shelley -excéntrico y libertario
que no oponía la intención de los sueños a la realidad-,
lord Byron -exuberante y "hombre fatal" para sí mismo-
y Keats -detallista y sugestionado por el mito-. En Francia destacó
Chateaubriand -religioso, moralista y revelador del arte gótico-,
Musset -determinista y ajeno a cualquier tipo de compromiso- y Hugo -moralista
social, "metafísico" y visionario de la historia-. En
España, por entonces, se iniciaba el romanticismo con un vacío
filosófico y una evidente carencia de referencias europeas en la
medida de que persistía aún una sociedad aislada debido
a la monarquía absoluta y, además, con bastantes estereotipos
tradicionalistas o conservadores ; por ello, llegó un romanticismo
ya postergado y... utilizado en un sentido liberador o propagador de las
ideas externas. Esta literatura de liberalismo la ejerció Larra,
Espronceda y Bécquer - ya de una forma más intimista- (*).
A finales del siglo XIX el romanticismo entró en crisis en cuanto
a que la cultura hasta el momento había estado muy presionada por
moralismos religiosos -puesto que el romanticismo rescató y fortaleció
la religión-, había estado limitada en sus ideales de belleza,
había estado fastidiada con sus únicas referencias naturalistas
-puesto que la naturaleza se consideró el único modelo de
perfección- y, también, además, el positivismo burgués
empachó decididamente, enfadó en el sentido de que todo
lo dispusiera la burguesía a su antojo. En efecto, el decadentismo
o "el rechazo del gusto alineado" se maximiza como una corriente
literaria que recorre toda Europa, sobre todo Francia. Aquí es
lo oculto, lo morboso y la pedantería -la burla- lo característico:
la desacralización de la religión a favor de las ciencias
ocultas, lo visionario o el iluminismo, el desprecio por el humanismo
y por las formas políticas sean las que fueran, la ridiculización
de los modelos únicos de cultura, la perfidia e incluso el elogio
maniqueísta de la derrota.
La mundanidad y el dandismo de Baudelaire supuso, de veras, el disparo
de salida para esta corriente literaria gracias a la publicación
de "Las flores del mal" (1857); sin prescindir, claro, de la
difusión de la novela "Al revés" de Huysmans (1884)
donde el protagonista se aísla del mundo mediocre como odio, rebeldía
o renuncia para vivir sólo con sus sueños. Sin embargo,
en Baudelaire la recurrida elegancia de la derrota no era el sentirse
humillado ni el sentirse marginado o automarginado, sino el asumir directamente
la derrota como un acto de valentía y el despreciar la estupidez
de la supuesta grandeza que se atribuyen ciertos inútiles por dominar,
o por "mediocrizar" con sus obras mediocres, a los demás;
o el haber comprobado que un "alma grande", como la de Poe,
es pisoteada o destruida pero
no humillada o "humillable"
por los que utilizan el éxito o la presión comercial como
máscara de su verdadera locura o miseria.
En Italia será D'Annuzio y la publicación de su novela "El
placer" (1889) lo que represente un decadentismo ahora obsesionado
por lo mítico o por un héroe libertador o "salvapatrias".
En Inglaterra será Wilde y Swinburne. En España Valle-Inclán
- con su estilo de "esperpentos"-. En Alemania Rilke y Hofmannsthal.
En definitiva, el decadentismo -ninguneado inmerecidamente por algunos
críticos- demostró, de hecho, la ruptura de una cultura
uniforme -pues, hasta ahí el mundo tendía constantemente
a seguir una sola línea o moda-, en pos de una multiforme, en la
digresión, que suscriba cualquier insatisfacción, cualquier
sentimiento personal o crítica a lo que un oficialismo - o "grupos
oficiales" que se reparten ellos mismos los méritos o premios-
imponga. Después de este ánimo revulsivo fueron posibles
y continuaron multitud de maneras válidas de hacer cultura: modernismo,
simbolismo, futurismo, dadaísmo, etc.
(*) El principal problema de un país no es el pueblo, sino la
intervención de unos intelectuales reaccionarios que le impiden
una cultura más libre; ésos, en ese contexto, "institualizan"
a menudo una mediocridad o seudo-calidad o vacuidad para todos.
José REPISO MOYANO
ENSAYO SOBRE LA
RAZÓN
1. LA RAZÓN: UNA PROPORCIONALIDAD DE CONCIENCIA
Algunos creen que la razón es un planeta al que hay que visitar
todos los días o al que de vez en cuando -por modas- se deja de
visitar. No, la razón es una propiedad, una condición humana
que aumenta bien con unos conocimientos o bien con otros, o sea, con conocimientos
diversos: por el mito, por la admiración, por la religión,
por el rito, por la costumbre, por el arte, etc. Puesto que el pensamiento
se hace de la experiencia o del aprendizaje que conlleva conocimiento,
puesto que el conocimiento ha de recibirse del medio -no de la nada-,
puesto que el medio existe al ser el sustento por el cual se actúa,
se interacciona, se comunica su naturaleza.
No, la razón no es una opción, sino que "ya está"
en una proporción mínima y, a partir de ahí, cada
cual evita o disimula o, por el contrario, se abre para "producir"
un mejor producto -resultado- sobre ella, en calidad. Considérese
esto, en cuanto el ser humano piensa ya razona, en cuanto conoce algo
también, en cuanto no quiere conocer ése algo en concreto
también porque se dispondrá o procederá a otro conocimiento,
otro inevitable conocimiento, aunque prescinda de una mejor calidad.
Así, cualquier conocimiento, cualquiera, siéndolo arrastra
o contiene una dosis de racionalidad; bien, el que el mito pueda enseñar
por ejemplo. Pero, por siempre, el mito es racional de base porque sencillamente
los elementos por los cuales se enraíza -o se enraizó- son
racionales (el descubrir la causa de algo ya hecho o creado, la veneración
o protección de ese hecho o el temor o sufrimiento a perderlo).
Lo que ocurre, siquiera, es que ciertos conocimientos se dirigen -en cuanto
se cohesionan para "aunar" más realidad- hacia el reconocimiento
de lo que actúa -es realidad- sólo de una forma en determinadas
circunstancias; como ejemplos: el respirar, el comer, la evaporación,
la deshidratación, etc. Sí, con esto -con tal disposición-
se consigue una razón mayor, un mejor conocimiento consciente de
la realidad, una objetividad.
De entre los conceptos, un concepto subjetivo, desde luego, no es lo
mismo que otro concepto subjetivo -ni con el que se le parece- desde otra
parte del mundo, sólo -por discernimiento- es un concepto subjetivo.
A ver, ilusión no es lo mismo que sueño, por cuanto son
dos conceptos subjetivos o usados por la libertad de tal o cual ser humano,
pero los dos derivan de una objetividad o hecho común -que se proporciona
desde un hecho-, los dos se producen por la esperanza, por la "acción
de la esperanza" -en China, en Madagascar o en Filipinas-. Claro,
digamos que de la "acción" de quienes esperan, de tal
capacidad, unos prefieren llamarle sueño, otros ilusión
u otros quimera a medida que sus circunstancias quedan determinadas de
una muy personal predisposición o forma - derecho tienen sus sentimientos
a que la busquen, ¿cómo no?-.
En cambio, otro asunto es que un chino se dirija a su médico para
que le ampute un dedo gangrenado y le hable de la cabeza; he ahí
que sólo sirve, sólo lo discierne, un concepto universal
-a través de una palabra u otra, ya que se trata de un "contenido"
identificativo-: el que contiene la realidad que significa un dedo, no
una cabeza, no una serpiente voladora. He ahí que la razón
corresponde a que, en verdad, sea utilizada por comprender o conocer la
realidad; y no elige ella, sino que es elegida ante todo.
Para cualquier ser humano del mundo el concepto de "frontera"
propende a un sobreentendido cuando, al menos, se alude en un contexto
físico; en realidad un concepto objetivo es un sobreentendido -como
son los conceptos instintivos-. El mar lo es, todos saben que es una acumulación
de agua y que existe para
todos -al margen de lo que se le añada
de connotaciones o de sugerencias que, en "suma", también
son necesarias-.
Desde eso, el racionalismo filosófico que se constató en
el siglo XVII no descubrió la razón, sino que se "desembarazó"
de un prejuicio establecido en torno a ella, de ése que insistía
e insistía en concebir que cualquier conocimiento contenía
el mismo grado o nivel de racionalidad, es decir, desinhibiéndose
del geocentrismo imperante en tanto que no consintió todos los
métodos como válidos -el todo vale- y, así, se avino
a un discurso más racional, a una argumentación que eficazmente
dio el primer paso -después del oscurantismo medieval- para desligar
la filosofía y la ciencia de la metafísica teológica.
Cuando se habla de "idealismo" o cuando se defiende, no, no
se exime del pensamiento o del análisis racional ya que la idea,
eso, es una proyección del concepto -bien, a veces para verificar
otro concepto-, sino que no quiere o prefiere no desligarse del subjetivismo
por cuanto también interviene en la realidad social e individual;
pero mezcla o "une" o elige confundir los conocimientos por
una conformación kantiana o trascendental con las riendas del todo
-de los conocimientos no discernidos- sin más pues, para que no
sobre nada, mejor esa mezcolanza y que
salga lo que salga, lo que
Dios quiera.
La razón, por supuesto, no reivindica: únicamente se reconoce
con unos conocimientos y, tras ellos, con una conciencia conseguida al
cohesionarlos -que es otro tipo de conocimientos-. A veces no se reconoce
porque no se llega a un resultado consciente; como es el caso de Schopenhauer
cuando propugna que no hay razón de ser de la voluntad y, de inmediato,
concluye que sólo quiere repetirse. ¡Ah!, pues entonces ahí
está una razón, una: precisamente la de querer repetirse.
La primera falta de reconocimiento empieza en que la voluntad sólo
es una "ansiedad de conocimiento" -o por aplicarlo- y, si lo
es, implica el ansia misma de la razón o del pensamiento en su
devenir. En otras palabras, ansía el pensamiento -no la Luna-,
lo que se tiene, no lo que no se tiene y, en efecto, todos los tipos de
conocimiento inevitables. Por ello, es una trampa el uso partidario de
la voluntad para hacer de ella una exclusión de su atribuido sujeto
que la ejerce o un juego sin salida, pues la voluntad no la posee sino
un ser, un ser con conocimientos que para seguir inevitablemente conservándolos
o aumentándolos necesita voluntad. Es decir, tampoco es opcional
la voluntad, no lo es, pero sí cuantitativamente o el incentivo
personal que se le da para que aumente. ¡Ah!, pero para que aumente
se requiere una conciencia de que así se desea, se requiere una
conciencia o unos criterios madurados porque por ellos se oriente la voluntad
hacia donde sea -considerando que la voluntad no existe sin orientación,
sin orientación racional-.
Schopenhauer, además, sitúa a la voluntad en un proceso
únicamente azaroso, como si estuviese existiendo con una establecida
independencia con respecto al ser humano -o algo "metareal"
por encima de él mismo-.
2. RAZÓN Y CONCIENCIA
El ser, el "algo existencial", la forma material (1), el ente
real (2) sólo puede -por existir- actuar; pero no actúa
indistintamente, igual a todo lo que es real, sino actúa de una
manera porque el ser y los seres, el acto y los actos, existan. No actúan,
pues, los seres indistintos a través de una monoacción,
por cuanto actúan en diferentes circunstancias e interacciones
o, lo que es lo mismo, se remiten a la multiacción, a la condición
que cada cual presenta ante unos principios del movimiento (quinesionomía).
Es decir, el que actúa, el "actuador" situado obligatoriamente
en el espacio y en un contexto interactivo -no en la nada- lo hace a o
de una manera interactiva, de una "forma". Por eso la razón
respeta -no impone- que existe un "actuador" para que se haga
la acción -el movimiento- y un modo de hacerlo -no pasivamente,
no quieto-.
La razón no la ha inventado el ser humano ni la naturaleza sin
son -puesto que sería negarle a ella su acción y sus condiciones-,
por el objeto de que reconoce -inherencia inevitable al existir- que está
lo que actúa y lo que consigue, lo que produce o, en efecto, hace
al actuar de un modo -con una "forma"-. La razón la posee
todo ya al existir -por ser actividad conlleva una conformación
de actividad-, lo que un ser puede o no puede alcanzar es la conciencia
de razón y más optará por no lograrla si ha alimentado
una sublimación -algo anexo a la razón-, un narcisismo excesivo
de la emoción que se encamina al desprecio -no reconocimiento-
de su propia naturaleza.
Un ser humano "sabe" que "es" la naturaleza y que
se suma como un ser vivo dentro de ella; sin embargo, luego con la emocionalidad
de sí, por su cultura que extiende, con su condición o su
"forma" va imponiendo una uniformidad que él se cree
-se sugestiona negando-. Entonces se urde antropocéntrico, considerando
que la razón gira en torno a él pudiéndola manipular
como quiera, considerando que él sólo ha determinado la
razón, que la puede así utilizar en pos de su emocionalidad
antrópica y, además, que la puede engañar, que la
puede
destruir.
Su voluntad emocional le insta a separarse de la naturaleza como "yo"
especial, poderoso a medida que niega, riéndose con el "todo
vale", escupiendo a su medio a veces con la frivolidad más
deforme o descabellada, más incoherente. Pues elogiará,
amoldará y apuñalará a la razón porque entiende
emocionalmente que es suya, ¡suya!, no de la naturaleza, ¡suya!,
como un dios omnipotente por encima de todo, de lo más grande y
de las tinieblas. Pero no reconoce conforme su emocionalidad niega, en
tanto que habla del "yo" y, más lejos, la naturaleza
a rastras, a sus pies deseada suplicante a lo que su corazoncito endiosado
pisa, impone para sí, antepone, enciega con pasotismo y, si no,
decide la ira temiblemente, morbosamente emocionada con sus armas.
A veces cuando habla del ser se sitúa él y todo lo que no
es él, el Ser y el Universo, Él y el Universo, cara a cara,
frente a frente y la razón en su afán la adapta a eso, luego
como bocazas gritará: "¡La realidad no la percibo (pues
su emocionalidad se impone), yo he creado una nueva realidad!".
Empero la realidad -con toda la razón de serlo- lo ha permitido
a él, sólo ella ha actuado para que sea, sólo ella
"quiere" que eso diga, que se tranquilice y reconozca -al fin-
que ella lo ha ofrecido, lo ha "parido".
No obstante, el "hijo" con aires de grandeza desea inventarse
un tratado sobre él y lo que él crea, apegado a su emocionalidad
inquisidora, reprochando que no la percibe, no, sino que él -Él-
posee la suya, una venida de ninguna existencia ajena a él, como
trascendida de su centro o nada, de su propia mentira.
Comoquiera que un tonto se sobrealimente, la realidad únicamente
pare realidad -es la razón- y cada una de las células o
sus interacciones reciben realidad y, por ello, conocen realidad porque,
cuando reaccionen, su expresión física y natural sean -sin
remedio- realidad.
La razón no la depara un "más allá", un
talante de un soplamocos, una emoción loca de un sí y un
no al mismo tiempo, de un vaso medio lleno o medio loco, de un seudofilósofo
borracho u onanista del ser o de su poesía excrementada: no es
más que el reconocer que se vive -aunque se niegue- realidad, que
se dice -aunque se niegue- realidad.
El ser -algo que actúa-, cualquier ser, no supone menos ser que
el ser humano, y corresponde a la realidad, a lo que existe real (3) en
un contexto real. Ahora bien, la realidad tiene -porque sucede con razón-
sus condiciones, sus "posibilidades" en ese contexto en concreto;
es decir, se atiene a unos principios, a unos "universales"
con respecto a unas u otras circunstancias: es realidad que se ordena
"con" los recursos por los cuales puede ordenarse. Y esos recursos
han de existir porque se ordena, porque sea.
Un universal no se restringe al mismo hecho, a la sustancia, al ser, sino
a la "capacidad" real de lo que puede hacer; por lo tanto no
es cierto lo que defendía Ockham ("Que el universal no es
sustancia existente fuera del alma"), sino un universal guarda su
equivalencia con las "posibilidades reales" a las que se encuentra
condicionado un ser. Por ejemplo, no es sólo un universal el movimiento,
sino una capacidad concreta y determinada -debido a unas condiciones-
por ser más o menos movimiento. Son universales las "cualidades"
de los elementos, la razón de ellos por expresar el movimiento
(la susceptibilidad al calor, a la interacción con otros elementos,
etc.).
Una sustancia es lo que comporta una realidad y el desencadenante de
una realidad. El ser humano es una sustancia (universal), puesto que comporta
una realidad; aunque lo demás, las otras formas desencadenantes
de su realidad también son sustancias con la consideración
de que, una sustancia, de hecho, establece una forma de actuar, una distinción
y, por ende, una analogía con respecto a otras con una proporción
en condiciones semejantes. Por ejemplo, en "El perro es un animal",
el perro no es sustancia por ser animal solo sino, por entre otras condiciones,
por ser animal. El perro no tiene la única, la aislada, condición
de ser animal; más bien, por ser animal, al serlo, presenta una
condición imprescindible que es la de ser animal.
Por lógica es incierto que perro = animal, como es incierto que
máquina = energía, como es incierto que signo = expresión;
entremedias hay, se desenvuelven, diversas condiciones para que el perro,
la máquina o el signo "sean" un animal, una energía
o una expresión respectivamente.
Lo que pasa es que el ser humano es emocional, dado a las reducciones
y a las sublimaciones. No, no es que pida un coeficiente intelectual por
encima de doscientos, sino que, con menos, por un niño -mediante
la enseñanza- se debería avanzar respetando lo que nos rodea
o lo que nos conforma y nunca contra natura. Si se enseña por sistema
a desarrollar -anejos- unos conocimientos retorcidos -por mi parte rechazaría
tal educación-, entonces, de inmediato un niño podría
identificar o aplicar un método de entendimiento así: energía
= expresión = animal, adecuado a que la energía expresa
un animal, al lado de energía = animal = expresión, adecuado
a que es energía un animal que se expresa o es la energía
un animal que se expresa, al lado de expresión = animal = energía,
adecuado a que la expresión es un animal o un animal energético.
Las reducciones o paralogismos que en algunos científicos y pensadores
he advertido conducen a un menosprecio por lo más sencillo a favor
de emociones cada vez más arriesgadas.
Y es que, encima, la moda es lo que anteponen los medios de comunicación
a cualquiera que no, que no está a la moda de negocios o seudorazones.
(1) Duns Scoto (o Escoto) pensó que la materia puede existir sin
la "forma", que ésta la da la razón; algo imposible,
por cuanto la materia ha de tener una actuación -al ser movimiento-,
una manera, una forma de actuar.
(2) Siendo el "ente" (o "étant") una noción
del entendimiento, a veces subliminalmente de lo que no existe, cuando
se une a "real" se trata del ser, de lo que existe, de lo óntico
real.
(3) Lo que existe es real, posee realidad -actividad- de existencia; en
cambio, "existe" la inexistencia como delimitación, no
porque exista "realmente", sino para reconocer que lo que no
es real no existe, es "inexistente".
3. LA VOLUNTAD RACIONAL O REALISTA
Nosotros, los seres humanos no pertenecemos a la historia en un sentido
efectual (1), en un solo sentido, sino en todos los sentidos que nos hereda
el pasado, pues estamos "comprendidos" en él.
El pasado amplía, predispone, desde luego no reduce el progreso
más o menos eficaz que implica la humanidad, en cuanto a proyecto,
a proyección de sus consecuciones; es decir, lo desarrollado técnicamente
le irá al ser humano condicionando y, asimismo, lo que haya conseguido
socialmente o culturalmente.
Eso supone que no es un resultado a secas expuesto en el presente, sino
un modo de ser, una continuidad de ser, una disposición nueva o
sucesiva del ser que condiciona al presente: un plus, un modelo, una tendencia
inconsciente o inmanente, una cierta reacción que dispone ya al
"vivirse". No se localiza de improviso en el presente; mejor,
se encuentra facilitado en un presente, en uno en el cual se rehabilita,
conoce más y, por ello, depara más conciencia en él;
por lo que "controla" cada vez más mientras actúa.
Tampoco está adecuándose para un fin, "ad hoc",
sino se sobrealimenta sin un fin, aunque previendo un suyo propio y otro
social de acuerdo con su pasado y con la continuidad de éste que
no puede erradicar como sustento.
La voluntad del ser humano quiere comunicar cultura, quiere "entenderse"
como cultura, quiere no renunciar a ciertas tradiciones, de su "tempus
mitológico" incluso, de su no-sentirse-solo como estímulo;
pero, antes, se encuentra inmerso en toda su "naturaleza continua",
en su precedida comunicación e interacción y, por ello,
arrastra o conlleva multitud de conocimientos que lo "determinan"
como ser-acto, ser actuado y actuante, ser continuo, ser como una actividad
concreta o complementaria de la naturaleza misma.
Aquí es donde Heidegger -en esencia- se equivoca; puesto que el
ser (Dasein) no es un ser-ahí, arrojado ahí, situado fijamente
ahí, no, debido a que no tiene una situación precisa como
un ente independiente, solo, como una pretensión óntica
(1). El ser no posee una "torre de marfil" o una casa propia
aunque la busque su voluntad, en cuanto a que la esencia del ser consiste
en que participa en la realidad o, por tal axioma o evidencia, es esencial
para la realidad.
Así, el ser humano -con sus ya conocimientos dados y con sus nuevos
conocimientos- va propiciando en su medio una mayor comunicación
y entiende, por un lado, la cultura o sus sentimientos y entiende, por
otro lado, lo que no puede soslayar como evidencias comunes: conformaciones
de hechos que son expresiones de la naturaleza y que él sólo
puede reconocer o admitir -o profundizar en ellas si quiere conocer más-
sin más remedio. Por ejemplo, si alguno se le ha muerto su vecino
puede admitirlo o negarlo como voluntad, pero "su razón interior"
-la de su propia naturaleza-, su racionalidad insobornable o natural ya
lo ha admitido (homeostasia). Por ello, cuando la voluntad admite como
conocimiento a la evidencia o a la razón existe una conciencia
-un conocimiento que se responsabiliza de seguir una coherencia-; cuando
no, esa voluntad sólo es racional en un principio natural -de realidad-,
pero prescinde de un conocimiento en concreto, pues lo eluden sus emociones
contra una conciencia en concreto que prefieren postergar o carecer en
cuanto que la voluntad anímica prioriza -por comodidad- los sentimientos,
sobre todo el sentimiento de antropocentrismo o de sublimación
(el ser humano utiliza también referencias o utensilios sólo
para sí por la consecución de sus intenciones; lo que un
árbol no hace, ya que no se sitúa con respecto a nada, eso
no lo decide, sino está directamente e indirectamente influenciado
por múltiples aspectos de la realidad y, también, por muchos
imprevisibles). ¡Ah!, sin embargo, en ese extremo, se concentra
la falta de entendimiento de la realidad, también del "otro",
por solucionar problemas o por fortalecer una coherencia. En este caso
la voluntad anímica defiende unos intereses arbitrarios o subjetivos
en donde frecuentemente anidan el dogma y los prejuicios.
Los prejuicios omiten el razonamiento, se anticipan a la evidencia o
a la demostración, sí, desligan, aíslan los factores
que convergen en un hecho; y los ensalzan ya desvinculados del hecho "complementado".
Es decir, los prejuicios no dan cuenta de la amplitud del hecho como base,
sino por intención de efectos aislados, convenidos en forma aforística
o subliminal a través de unas emociones puestas en juego. Aquí
hablo de la voluntad emocional que entiende tendenciosamente, en un narcisismo
alimentado, cada experiencia; y no se preocupa tanto o lo más mínimo
por la razón, por la voluntad de razón (2): ese admitir
el hecho, ese buscar las causas del hecho y ese atribuir unas consecuencias
directas al hecho.
Conque la voluntad emocional se centra más bien en un "yo"
en contraste con la voluntad racional que se "des-centra", esto
es, que analiza o busca por medio del hecho todos los factores directamente
relacionados en o con él: se abre. La razón busca y es buscada
metódicamente; en cambio, el prejuicio se dirige desde un "yo"
y dirige ante todo un "yo" que todo lo justificará (existe
también el prejuicio inducido por la tendencia dominante culturalmente
en la sociedad; así el que lo presenta no se percata más
que de esa tendencia dominante, como le ocurre a ese que va de caza al
bosque y ya su percepción es tendenciosa, sólo ve lo que
le conviene o le han imbuido).
La razón -también- halla los factores comunes a determinados
hechos, de manera que comprende la realidad por patrones o reglas (lex
naturalis) por las cuales "se hace", esto es, la razón
entiende el cómo "se hace" la realidad más que
el mero concebir de antemano qué es -que sería un prejuicio-.
La molécula de agua "se hace" con dos átomos de
hidrógeno y con uno de oxígeno: eso es la razón,
el método racional para todos igual. La metodología racional
atiende a cómo se comporta el ser o su naturaleza para comprender
la realidad antes o por encima de imponerle un significado subjetivo (3)
u ontológico o hermenéutico.
No obstante, si los seres vivos mantienen una voluntad taxativa a los
cauces de la supervivencia (4) -o sea, se mantienen en una situación
realista-, el ser humano -por intereses emocionales o egocéntricos-
ha teatralizado una voluntad de la negación -totalmente gratuita
a veces-, del engaño. Por supuesto, es el único ser vivo
que especula sobre el engaño, que se ha culturizado en y con el
engaño -en esto el tabú ha influido bastante-. Elucubra
la utilidad -para él casi siempre- de lo que va a decir; y luego
decide en función de esa utilidad. En ese sentido, su proyecto
emocional -en torno a la intimidad- lo sobrevalora por encima de cualquier
situación, o sea, organiza -a su favor, por lo que crea reglas
a su favor- lo que va a decir adelantándose al otro, por competir
con el otro, con unas reservas o mentiras piadosas que no pongan en riesgo
su
proyecto emocional. Si, los seres vivos utilizan reservas a medida
que actúan, pero no desarrollan una tendenciosidad emocional antes,
no predisponen una intimidad como -en bloque- un recurso para controlar
a los otros y, por ello, sí, salva o maquilla a su favor cualquier
suceso o situación.
En resumidas cuentas, las informaciones que ofrece el ser humano no siempre
son objetivas o depuradas por una voluntad racional en donde una coherencia
garantiza o reconoce una referencia a hechos, sino que asimismo existe
una voluntad emocional que mitiga o solapa a la anterior impidiendo que
se priorice.
Si la ciencia y la razón es amplitud, sin embargo evidente es que
se desencadenan proselitismos o grupos intimidados por intereses económicos,
nacionalistas, religiosos o políticos -incentivados por premios
u honores de conveniencia- que eluden una objetividad y, en consecuencia,
la razón se dirige -de forma secuestrada o como dirigismo- hacia
una dirección que excluye o destruye irremediablemente a un librepensamiento
o a la librerazón en suma-puesto que no debe atarse o incentivarse
con tendenciosidades, como se hace en la actualidad, manipuladoras-.
(1) Heidegger distinguió lo "óntico" -referente
a los entes- de lo "ontológico" -referente al ser.
(2) Kant se percató de una diferencia entre el "entendimiento"
sobre lo particular y la "razón" sobre lo más
ilimitado; pero, en cambio, dio una preferencia al "entendimiento"
sin advertir que se entiende emocionalmente un hecho -algo que la razón
no hace al entender con prioridad racional un hecho, con pruebas y con
argumentaciones-.
(3) Algo de la realidad nunca puede ser "relativo", por cuanto
"ya es" absoluta realidad; y ese término malogrado conlleva
negarle esa "absolutez" existencial, por lo cual un antropocentrismo
o un convencionalismo dogmático no puede negarla, imponer la no-existencia
real de algo. Es como definir calificativamente con "inexistente"
cuando se habla de una "existencia" -el término "inexistencia"
sólo se utiliza para ratificar lo absoluto de "existencia",
es decir, corrobora o ayuda a ese hecho al usarse como recurso de delimitación.
(4) Este término, a la vez, es equivalente al Principio de Conservación;
algo actúa sin duda por continuarse, por sobrevivir, por extenderse,
por seguir siendo tras su "insight" o comprensión instantánea
o intuitiva de lo precedente. La naturaleza, asimismo, no tiene intención
de simulación, de engaño, de enseñar algo que no
es suyo, de conspirar contra sus elementos o contra ella misma.
Otros artículos del autor:
¿ES EL CERO
UN NÚMERO?
Las matemáticas están fundamentadas en un orden numérico;
algo aplicable, desde luego, a la realidad sustentada en un orden de prioridad
de unos principios que se armonizan con un orden funcional. La numeración
natural empieza en la unidad -se constata una primera cosa- y continúa
uniéndose a otra unidad y después a otra hasta llegar, sí,
a las mismas posibilidades de esa acción, mientras se pueda contar
-también se puede descontar, proyectar la numeración hacia
atrás-.
Sin embargo, el hecho o la acción del contar sólo es viable
-sólo existe- ya una vez que se establece iniciáticamente
por seguro la unidad -la base sobre la cual se desencadena un orden armónico-,
es decir, el "primer número de cosa"; he ahí que,
con cierto ritmo o ilación, el desarrollo ascendente o descendente
del contar se acciona, se activa, comienza -comienza con algo ya contado-.
Pero he de advertir que la numeración de referencia ha de ser siempre
la ascendente; por lo que el primer número (número radical)
forja o implica el desencadenante verdadero de una numeración ostensible.
La unidad base, cuya misión es dirigirse hacia "un algo más",
digamos, hacia una inercia ilativa, de seguida se dobla, se triplica
;
luego la numeración supone -debela- una confluencia de un mayor
significado o de una complejidad contada a medida que se separa de su
base. Esto es, llega a ser más complejo su último número
desencadenado, generado más bien desde un primer elemento.
Siendo eso así, esta numeración base -para cualquier expresión
polinómica- es posible permutarla por otra que sirva en efecto
para expresar otros aspectos de la realidad; y para ello sólo necesita
una "táctica", al instante, que se someta a una regla
que regularice todos sus elementos a partir de uno complejo dado o
resultado, previsto como resultado. Entonces ese sistema podría
ser de numeración octal o, bien, que todos sus elementos "atendieran"
a un tipo de operación o etiqueta matemática; por lo que,
en adelante, se lograría un conjunto de elementos -de números-
a los que se les impondría una "condición" o "dependencia
con respecto a un resultado", a una operatividad aplicada o activa
en tal
conjunto. Por ejemplo, que para ser uno de sus elementos
ha de estar fraccionado o presentar un cociente expreso: 1/5, 5/3, 7/2,
etc. Y significa esto que la complejidad la determina o la "hace"
un ser humano mayor, puesto que cualquier número puede, mediante
la operación que conlleva, que arrastra, expresar un resultado
periódico o casi infinito -¿no?, cualquier numerador puede
estar sometido de inmediato a un denominador como 8 -.
No obstante, en cuanto a lo esencial, la numeración base con su
ya primer número base es indeleble, o sea, nadie, nadie que hable
de matemáticas podría prescindir de tal trasunto; pues el
primer número que "dice" de verdad es aquél que
no se ha resuelto intrincadamente, sino que se decanta o se produce con
una referencia más o menos directa a la unidad, y éste es
el 1, el que dice "ya"
una cosa.
Además, el 1 posee una capacidad inherente para que los demás
se autoidentifiquen cuando operan con él. De hecho, todo número
multiplicado o dividido por 1 conduce a él mismo, todo número
elevado a la potencia de 1 también. Llevado a la probabilidad,
bien, toda probabilidad de un suceso seguro es siempre 1; por eso la probabilidad
de la ley de Gravedad para un ser humano situado en la Tierra es 1.
Pero el problema auténtico del 1 en las matemáticas es,
al menos, un desentendimiento con el 0; puesto que mientras algo no es
0 -al no poderlo ser- ya es, ya pertenece al 1 o es un mínimo de
1.
En principio, el 0 anula a cualquier número en cualquier operación:
al multiplicarse, al dividirse, etc. Al sumarse o restarse 0 ni siquiera
se advierte operación o operatividad. En matemáticas cualquier
número elevado a 0 resulta 1 -he ahí la unidad-. La proporción
0 no existe, anula asimismo la operación. Empero sí, sí
existe el resultado 0, el vano trabajo operativo para llegar a nada, o
sea, para ajustar algo a como se empezó: con "nada".
Entonces ¿se referencia el 0 sólo como resultado -y no como
base numérica- de una u otra elucubración humana?, ¿existe
el 0?, ¿la cosa 0?
Bien, una cosa ya es, se registra -le es propio- realmente cuando no
es "nada", no es igual a "nada"; por lo tanto toda
alusión numérica responde a la mínima referencia
de 1. Sí, cualquier número es un número inferido
de 1, no de 0; mejor decir que la "cosa A" siempre será
1, no 0.
El 0 puede ser borrado, evidentemente ser prescindido -las decenas, las
centenas, etc., pueden considerarse con otro distintivo, al igual que
los resultados que equivalen a 0-. ¡Ah!, en la numeración
romana no existe el 0 y sí el 1 simbolizado por I. Luego es "eliminable".
Algo último, en matemáticas todo número elevado
a 0 (A°) da como resultado 1, lo que quiere decir que en la potenciación
cuya base no sea 0 expresado no existe el resultado 0, aun sea la base
0 elevada a 0; paradójicamente la potenciación del 0 con
un índice 0 es 1, paradójicamente la potenciación
de 1 con un índice 0 es 1, paradójicamente la potenciación
de -1 con un índice 0 es también 1. Luego un valor numérico
negativo elevado a "nada", es "algo", es 1 -una paradoja-.
Sin embargo, si el 0 no posee ya un valor numérico, por lo tanto
debía al instante anular -dejar intacto el valor con el cual opera-
en cualquier operación o conducirla a 0 ( 2+0=2, 2o 0=0, 2:0=0,
2/0 es imposible al presentarse como una no fracción); lo que no
ocurre en -1 elevado a 0 (-1º), en donde no se admite más
que un resultado impuesto: 1.
Si todo número cuando opera con 0 en realidad no opera con "nada",
en consecuencia, no se debería producir un resultado en la operación.
Si Aº = 1, y sólo Aº/Aº=1, luego a Aº se le
considera una fracción "no expresada" o que no expresa
un cociente a priori; por lo que Aº actuaría como fracción
omitida, no en realidad como número entero. Pero ¿dónde
está el A del Aº como un elemento de los números enteros,
el cual debería corresponder a 0?, ¿no?
¿Acaso es Aº un elemento universal de todas las numeraciones
-al instalarse como una
expresión omitida-? Si es así,
si así es, ¿cómo se puede perfectamente prescindir
de su índice 0 como un valor no operativo?, ¿puede el valor
8 elevarse a 0 y resultar 1?
José REPISO MOYANO
HIPÓTESIS Y ERRORES DE EINSTEIN
Einstein
sostiene su teoría de la relatividad en que la velocidad de la
luz es fija, que no depende ni de alguna fuerza ni del espacio, o sea,
que es absoluta. De hecho, eso se ha demostrado una y otra vez: es así.
La velocidad de la luz es un movimiento constante al igual que otros
movimientos dadas unas circunstancias; porque la constancia es lo único
que garantiza un orden, un desarrollo o cualquier ciclo; pero ¿qué
ocurriría si lo que existe fuera únicamente constante?,
pues que no permitiría una
diversidad, una libertad de interacción del todo con el todo.
He ahí que son deparadas unas constancias absolutas junto a otras
que, también absolutas, sólo se comportan como tal vinculadas
a unas circunstancias, en claro, a unos desarrollos que han derivado.
Ahora bien, antes de profundizar sobre cualquier aspecto existencial
se debe precisar sobre la propiedad más inherente la fundamental-
de lo que existe: el movimiento. Así pues, éste existe,
y existe de forma absoluta, ya que lo que existe sólo existe al
actuar, al desmarcarse de lo que no posee capacidad para algo
o ser nada (inexistencia). El movimiento conlleva siempre
el que algo se mueve, y no sobre sí mismo sino sobre
o dentro de un contexto amplio que podríamos llamar contexto A
o espacio; por lo que toda la ciencia se fundamentará
sobre lo que es, en todo caso, firme base real: el movimiento y el espacio.
Empero no puede unirse, porque será muy preciso el
distinguirlos, pues un movimiento se moverá siempre hacia
un espacio al que aún no ha llegado sólo llegará
moviéndose-, luego el movimiento no es el espacio,
sino éste se dirige podríamos decir- a otro espacio
al moverse siempre-. Por lo tanto, el que algo deje un espacio no
tiene por qué determinarlo en cuanto que ya no sabe nada de él,
no lo sabe ocupando otro y, además, no sabe
el que luego vaya a ocupar; es decir, un movimiento jamás podrá
determinar un espacio al que nunca ha llegado. Pese a quien pese, de hecho
un movimiento nunca podrá influir a ese espacio en el que nunca
haya estado; concretemos, por ello, en que algo en movimiento influye
con una serie de fuerzas a todo lo demás aquello que, en verdad,
es alcanzado por sus fuerzas o por sus capacidades de interacción.
En suma, al movimiento no le es propio un espacio estable, más
bien se conforma abnegándose por obligado a un espacio estable
o
influido.
El movimiento (el ser) ya ha quedado dicho que está
en espacios que le favorecen una continuidad de interacciones;
sin embargo, hay algo más: el movimiento dura o, al menos, dura
en el proceso al que se encuentra vinculado. Si es un movimiento máximo
de la energía, por supuesto mantiene una constancia un límite,
una limitación, una regla firme que consiste en que algo no puede
sobrepasar un límite: en esto se basa cualquier constancia-; si
por el contrario ése se constituye dentro de una estructura compleja
donde actúan diferentes fuerzas, pues transcurre dependiendo
de ellas o en atención a ellas se regula o se delimita.
En efecto, un movimiento dura normalmente prosigue un
movimiento en otro- al margen de que el ser humano lo mida; pero el ser
humano por su atrevimiento- lo mide y no más que con unos
intervalos o recurriendo a unas referencias de distancia que denomina
tiempo. Bien, lo hace para una utilidad suya; no obstante,
¿existe el tiempo sin distancia? Pues sí, la respuesta es
sí al poderse medir el movimiento por referencias a lo que ya le
es connatural: por ciclos, por desarrollos, por logros de límites,
etc. Es decir, el tiempo se mide según qué aspecto del movimiento
se quiera medir considerando que tal tarea, el medir, será como
sujetar al movimiento si se hiciera únicamente con
unas referencias de distancia un error que comete
ya el ser humano, pues debería decirse distinguir las duraciones-.
En esos términos, sí, el problema más grave de la
ciencia empezó cuando el ser humano se obsesionó por medir
el tiempo con esa idea de relacionarlo a la fuerza con la distancia, pues,
si con perfección la naturaleza lo admite
o lo distingue por ciclos o desarrollos (por ejemplo, la vida dura lo
que dura el proceso desde que se inicia la formación de los órganos
de un ser vivo hasta que se descomponen o al perder esos el control funcional
de su sistema nervioso), el ser humano lo extrapola, lo lleva al inventado
y tendencioso tic-tac logrando, así, una tabla rasa
ficticia para todos los desarrollos existentes -a veces totalmente distintos
unos de otros-. No, con contundencia no sólo existe el tiempo que
un movimiento recorre una distancia porque, asimismo, existe el tiempo
que un movimiento resiste a otro movimiento el de una masa más
en reposo ante otro movimiento-. Hay que tener en cuenta, por tanto,
que el movimiento o la vida- no recorre un espacio base
algo que está esperándole- o un espacio estable en
virtud de que transcurre o prosigue por espacios nunca idénticos;
aún más, el movimiento no puede recorrer en el fondo nada,
sino que se va formando se
mueve nunca en una misma base- o conformando y, a su vez, deformando en
el espacio en general. Aclarándose: el movimiento se conforma al
interaccionar siguiendo un modelo estructural o su desarrollo- y, al mismo
tiempo, se deforma por factores que frenan más o menos el
que siga a ese modelo
estructural-: cuando chocan dos estructuras complejas por ejemplo. Con
lo dicho, el espacio no puede quedar preestablecido por una concepción
de distancia porque son espacios, ocupaciones continuamente
las que
determinan cada movimiento; y advirtiendo que de algunos espacios
nunca un movimiento sabrá nada, es decir, les serán siempre
ajenos existencialmente, ni los que en verdad poseen no son
un uniforme para
siempre. Con el tiempo ocurre lo mismo, que no lo dicta un movimiento
en particular que comporta sólo uno-; por ello, sí,
habría que hablar de tiempos.
La teoría de la relatividad expone, en cambio, la acertada relación
que intensifica todo movimiento con su masa, con su expresión de
energía condensada o de materia; esto es, el movimiento que se
realiza es
equivalente a su masa, de una forma proporcional y de ahí que la
referencia a esa proporción sea la constante de la velocidad de
la luz para una formulación en concreto (E = m . c al cuadrado)
significando que, cuando
algo varía energéticamente, varía en proporción
su masa. Por de pronto eso es así, pero Einstein habla de tiempo
también, que éste decrece cuando un movimiento se acerca
a la velocidad de la luz con respecto
al punto de referencia inicial, o sea, con respecto al lugar en donde
se originó. Sin duda, si algo se mueve más rápido
que el planeta que deja que nunca alcanzará un movimiento
cercano al de la luz- envejecerá menos
que tal planeta y lo que esté en él es evidente,
un tonto lo sabe-; según la ecuación de Lorentz: t = tiempo
inicial (l v elevado a la potencia 2 . c elevado a la potencia
-2) elevado a -1/2, conforme a la relación v elevado a 2 . c elevado
a 2. Si un objeto se aleja de nosotros cercano a la velocidad de la luz,
desde
nuestra observación o sistema de referencia la longitud del objeto
disminuye por una curvatura, nada va en línea recta- y su
duración al ir a tal velocidad con respecto a otro sistema
de referencia- aumenta. Claro,
razonable es que aumente si el movimiento en el cual se encuentra contenido
es mayor con respecto a otro considerando siempre que en un movimiento
cercano al de la luz todo dura menos, está más cerca del
límite, se necesita más energía para estar ahí-;
pero no en el instante algo consigue tal velocidad, en realidad muy poco
y nunca una estructura compleja como la nuestra.
Einstein cae en el facilismo de atribuirle un tiempo de utilidad
a lo que ya está demostrado como constante en cualquier sistema
de referencia; conque será tiempo para él la
distancia que se deduce de esa velocidad, y la impone como duración
sucedánea a todos los movimientos (un procedimiento reflexivo
así: si en una distancia hay tiempo, ¿cómo no?, pues
utilizo esa distancia constante para hablar de tiempo, sin restricciones;
si en el tocino hay velocidad alguna hay-, pues utilizo el tocino
como medida de velocidad).
De antemano, una estructura compleja cercana a la velocidad de la luz
dejará de inmediato de forma irreversible de ser ella: ocupará
rápidamente más espacios, o sea, abandonará una naturaleza
a la que no, no volverá intacta o intentando seguir con aquél
añorado tiempo, el de su anterior sistema de referencia.
Por ejemplo: El señor A va en un tren X y el movimiento de este
tren lo mide participando en ese movimiento, es decir, dándolo
como adherente a sus medidas; pero el señor B que se sitúa
fuera del tren X lo medirá con el
movimiento adherente al suelo, a su sistema de referencia, lo que determina
una desubicación para medir por igual el movimiento
que corresponde al tren X. A ver, dado esto, el señor A participa
no tiene, pues él per se no puede alcanzar más
que su movimiento- en el movimiento adherente más cercano al de
la velocidad de la luz. Ahora bien, si hipotéticamente el señor
A tuviera el movimiento cercano al de la luz y luego decidiera volver
a otro movimiento menos rápido, por supuesto, seguiría viviendo
en el tiempo que ahí le corresponde y
más joven que
el señor B. El señor A, sin duda, habría vivido dos
movimientos adherentes; todo un
privilegio con respecto al señor B que seguiría con el suyo.
Esto se ha imaginado así; pero es una
falacia, puesto que
la medición la que se ha realizado- sólo ha atendido
a las medidas de movimiento del señor B cuando, en realidad, el
señor A no ha atendido a la suya misma ni a sus posibilidades
con respecto al señor B.
Más claro: Imaginen dos personas viviendo en un mismo tren que
hipotéticamente viaja cercano a la velocidad de la luz; bien, aunque
en un principio los dos se encuentran en el primer vagón, uno es
más libertino y
decide alejarse corriendo- hacia el último vagón.
De esa forma, en efecto, siempre el que se queda llega antes
a la muerte porque sólo cuenta con un tiempo o con un sistema
de referencia, no tiene otro recurso ni truco ante él-; sin embargo,
el que se aleja resta movimiento a ese proceso y, a la par,
tiempo. Además, ahí, advertido lo ocurrido, otro señor
fuera del tren puede admitir que un señor envejece menos, eso es
lo que dice-¡ah!, pero no deja de envejecer porque también
le afecta el
tiempo-. Pues bien, si los dos que se encuentran dentro
del tren quisieran verse, el que se alejó tendría
que volver y precisamente en esa acción usaría -perdería-
la energía la ventaja- que necesitó para alejarse,
el otro movimiento adherente al que estuvo vinculado: al final se verían
como lo hicieron inicialmente, en un mismo contexto, sobrellevando unas
mismas reglas de tal contexto, fuera de fantasías o de trucos.
Y es que con el movimiento cercano a la velocidad de la luz no se juega,
por razón de que no es algo que corresponda a una decisión
de ida y de vuelta, de súbete a la velocidad de la luz y
date una vuelta, ni menos de dimensiones inventadas (una vida en
cuanto deja de ser vida con otro movimiento no puede construirse tal como
se dejó).
Einstein sostuvo que el Sol no atrae a la Tierra, sino que la Tierra
porque sí está encerrada en la curvatura del
espacio que el Sol provoca; y que la Tierra continúa arrastrada
por su propia inercia. Por eso, la cantidad de
energía concentrada no hace sino influir en el espacio que la rodea
y, así, lo que hay en éste se dirige por su propia inercia
hacia el centro de la curvatura: hacia la mayor energía concentrada.
Entonces, dicho tal cosa
mientras no se censure al que demuestra, todo curva su movimiento a causa
de una curvatura existente siempre por concentraciones de energía.
En tal supuesto, si se curva la distancia, el tiempo también; y
todo así concibe la gravitación-.
Durante un eclipse de Sol la luz de las estrellas nos vienen gracias al
eclipse: la luz se desvía de su trayectoria cuando pasa cerca de
una mayor masa. Por otro lado, Einstein se atrevió a revolucionar
el espacio euclidiano de tres dimensiones añadiendo otra, espacio-tiempo,
donde el espacio es continuamente espacio-tiempo de forma constante o
absoluta.
Bien, en primer lugar, una dimensión del espacio es por menos
una dirección que la posee siempre el espacio, incluso
con la carencia de energía; conque en un espacio lo más
próximo a nada -o imaginablemente nada- nunca le será demostrado
esa dimensión de espacio-tiempo que la depara como una propiedad
energética más que como una propiedad
espacial.
Si es así, si en verdad toda la materia del Universo se concentra
y ya ha predeterminado según dice él- una curvatura
infranqueable en torno a ella, entonces ya la materia estaría
condensada para no salir de ahí, de la
inevitable inacción a la larga, pues, el probado punto subatómico
o fondo de radiación desde luego crearía tal hundimiento
del espacio que de inmediato se cerraría o se instalaría
en la inacción por tal confinamiento
establecido; o sea, ninguna fuerza de implosión podría franquear
esa predeterminación espacial tan absolutamente
cerrada.
Bien, Einstein no probó sino una evidente constancia de la velocidad
de la luz pero, con aforo a eso, confundió lo demás. Porque
él mismo demostró sin darse cuenta que su supuesto tiempo
es absoluto el que tarda la velocidad de la luz en recorrer una
distancia- y después como conclusión precipitada soñando
en viajes lo señaló como relativo, algo que
jamás ha demostrado y ni en sueños.
La luz viaja en todas direcciones como lo hace todo lo demás se
expande-: un protón no curva él el espacio para que los
electrones le obedezcan, únicamente eso es así.
Dios no juega a los dados era su obsesión que nada
tiene que ver con una coherencia que siempre rompió o que rompía
a cada instante, como queriendo predeterminar que cualquier movimiento
siguiera a su imaginación, a sus reglas de juego de ajedrez,
y que incluso respondiera a un tiempo únicoo a un espacio
único todo mezclado- de ida y de vuelta.
En definitiva, Einstein como resultado elude la coherencia; sí,
descubre en una fórmula una constancia energética pero,
de ahí, deduce lo que nada tiene que ver: la existencia de un espacio-tiempo.
Y ¿por qué no de paso- la existencia de un espacio-tiempo-
energía-antienergía? Y ¿por qué no la existencia
de un tiempo-antitiempo frente a un espacio-antiespacio? Él fue
un
fabulador, uno que mezcló todo para que saliera algo;
por confundir confundió hasta lo imposible con enredos imaginarios
porque vinieran luego
otros y los desenredaran.
Las fuerzas, sí, se han demostrado que existen, según qué
interacciones la energía conlleva unas fuerzas o maneras de proyectar
las consecuencias de esas interacciones de movimiento. La energía
en estado potencial ya es una fuerza: una capacidad para atraer más
movimiento y, de hecho, el electromagnetismo
existe.
El movimiento no preestablece como inamovible el espacio;
nada se concentra en una predeterminación -para que algo vaya a
ser- que antes hizo el movimiento (por nebulosas se forman concentraciones
o galaxias no en función de hundimientos, no en función
de algo o de un guión de movimientos que todos deben leer-, es
decir, no lo origina o no es la causa el espacio mismo, sino la acción
de algo, sino determinándose conjunciones de movimientos, los cuales
interaccionan entre sí.
Una mayor cantidad de movimiento actuará siempre sobre una menor
cantidad de movimiento, no sobre la nada: la energía dirige su
acción para que sea acción- a la menor energía
cercana. La Tierra actúa sobre la atmósfera porque sencillamente
mantiene una constante interacción con ella, digamos, le es propia
en una conjunción de fuerzas o se encuentra en su ámbito
de acción; pero, aún más, la gravitación es
limitada como cualquier fuerza y contrarrestada por otras fuerzas o por
otras gravitaciones. La Tierra atrae a la Luna en una misma proporción
-con respecto a la masa y a la distancia- que el Sol atrae a la Luna marcándose,
así, un equilibrio estático todo lo posee-. Es decir,
no sólo la Tierra atrae a la Luna en su rotación elíptica
sino que es atraída la Luna por la misma inercia de su masa en
el espacio, por la rotación y gravedad de la Tierra y, a su vez,
por la inercia y gravedad del Sol.
El espacio es imprescindible para la energía, absoluto; el tiempo
también; y cada elemento que exista es necesario energéticamente,
y no es una imposición fantástica de nadie. Luego nada ni
nadie ha demostrado jamás que algo sea relativo (es una locura
imponerlo, por sinrazón, por dictadura).
Artículos anteriores:
LA COSTUMBRE EMPÍRICA DE HUME
Por José Repiso Moyano
Considera David Hume que todo aviene al suceso no para comprenderlo
en
plenitud -o para saber de él- sino para sucederlo, por pura experimentación
y, racionalmente, como costumbre. La costumbre nos hace inferir la
existencia de un objeto a partir de otro al cual se encuentra conectado
o al
cual tiene una relación en la contigüidad de tiempo
y lugar, en la
prioridad de un movimiento como causa manifestándose
eso, a su vez,
mediante una conjunción constante. Así, aunque
la razón advierta la causa,
en cambio en adelante sin más condición nos hará
inferir un mismo efecto por
siempre, por costumbre para que el entendimiento se anticipe a cualquier
otra experiencia. Es, pues, la costumbre lo que nos hace suponer que algo
va
a ser siempre de tal determinada manera, o sea, así como sucede
y, por ello,
dar por sentado que el futuro es conformable al pasado.
Es cierto, sí, que todo puede considerarse como costumbre (las
estrellas
tienen la costumbre de ser energía, los seres vivos la costumbre
de morirse,
etc.), pero la costumbre no es pasividad en donde la introspección
o la
voluntad no cuenten. De hecho, cualquier ser vivo conoce para conocer
más,
así es, y no se parte de un entendimiento en plenitud
de una absorción de
toda la realidad, algo muy criticado por mí-, lo que significa
que lo que
sucede ya es como realidad hecha más que
como un determinante inamovible
de lo que luego vaya a ocurrir; porque el ser vivo adapta sus conocimientos
para asumir o concebir lo nuevo, los imprevistos no
es un crédulo para
seguir un cierto automatismo establecido de obediencia ante el futuro,
es
decir también maneja su abanico de posibilidades, su susceptibilidad
racional ante lo que venga-(1).
Por eso, la costumbre es tan racional que conserva lo conocido porque
no se
olvide-: todo proceso posee su historia por seguir siendo proceso o, bien,
se alimenta la continuidad de lo pasado. Esto es fácil de entender,
claro,
el conocimiento ha de ser obligatoriamente una retroalimentación
para que se
conduzca en conformidad a la realidad que asimismo lo hace; en este sentido
todo desarrollo es coherente consigo mismo al llegar a un presente.
Lo que
pasa es que un desarrollo traslada o proyecta lo que tiene (lo dado
o lo
tenido) ante lo que le transcurre en ese instante y ante lo que
afrontará
en un tiempo posterior; ¡ah!, pero no puede prescindir de lo que
tiene,
pues, ya es realidad y ya ha sido de hechos.
Otro asunto es la costumbre en el contexto cultural, en el cual diferentes
intereses o privilegios tienden a ser sobreprotegidos a través
de leyes, de
normas atávicas, de dogmas o de mitos. En efecto, aquí la
costumbre evita en
parte una evolución racional o de ética racional-,
en cuanto a que es
utilizada para servir a unos y a otros no. Cierto es, muchos dirigentes
de
una sociedad inculcan de una manera prioritaria sólo la condescendencia
hacia ellos y se escudan por el respeto a las reglas que a ellos les
constituye condiciones de privilegio.
En cuestión, sí, la costumbre no contrarresta lo esencial
porque, aunque
exista una en particular que es forzada por unos poderes oligárquicos
para
sus propios beneficios, por lo general el ser humano también tiene
costumbre
de rectificar, de aprender de sus errores que eso es precisamente
el
conocimiento- y se habitúa con ello sin remedio- a evolucionar.
Es un error
lo de El hábito me determina a esperar lo mismo para el futuro
que postula
Hume; el hábito, de entrada, nos mejora, nos mejora para comprender
o
reconocer nuestro entorno, en la asimilación del hábito
natural el de la
naturaleza- sobre todo.
En la naturaleza, lo habitual es lo preferente por razón de que,
en el
fondo, tal postura o propiedad existencial rige un orden, rige lo ordenado
porque infiera en existencia; conforme a que el caos o el desorden no
lo
dispensa, no dispensa un orden o ciclo existencial (2).
Nuestra mente se habitúa a guardar conocimientos, es así,
y es imposible lo
contrario si quiere conocer la realidad; pues, una célula prebiótica
por
ejemplo- no puede habituarse a este presente real, a éste, sólo
lo que está
en continuidad cognoscitiva con él, sólo lo que atiende
a su orden e,
inevitablemente, tal orden no es de modo alguno esquivable por un ser
vivo,
sino es en gran parte ya cognición y en otra cognoscible en cuanto
queda
vinculado a un desarrollo.
Hume se obsesiona en que el futuro es improbable racionalmente; bueno,
quizás quisiera él tenerlo como cierto, ya real, ya experimentado,
pero eso
conllevaría al fijismo que no permite nada, al extremo mismo de
la no
experimentación (la no-experiencia, estar fuera de sí, de
la realidad que
transcurre). Mejor aclarado: conocer es comportar lo que va sucediendo,
lo
que está o está dado o lo que ya ha venido,
no viene todo de golpe o
no
está todo transcurrido.
Por lo tanto, es inviable un conocer sin que transcurra la realidad, y
aún
menos un saber sobre una monorrítmica realidad -que acabaría
por anularse
al no proporcionar una capacidad de interacciones suficientemente
diferentes-. Al conocer per se le son inherentes los hechos
sucesivos, le
es inherente el suceder continuo -¿cómo concebir un suceder
discontinuo o
involutivo(3)?- y, por consiguiente, es una cohesión en suma, un
resultado
en donde los elementos se han conocido, se han entendido
suficientemente, se han reconocido unos a otros.
He ahí la importancia que doy a la coherencia en virtud de que
a la misma
realidad le es, de hecho, sumamente esencial
(1) Una primera célula no conoce que va a participar
como molécula, pero
luego lo conocerá.
(2) En la naturaleza algo se ordena habitualmente de tal o cual manera,
predisponiendo esta capacidad unas leyes reales o propias de la realidad
que
transcurre.
(3) Pues sería una evolución caótica, sin orden,
sin progreso, sin
conformación de algo interaccionado; en realidad no sería
nada,
antiexistencia.
TÓPICOS Y CONFUSIONES
INCONSCIENTES
Por José REPISO MOYANO
Es falso, totalmente falso o equivocado hablar de "en
términos absolutos", puesto que el ser humano no es quién
-por la vía de la justificación racional- para distinguir
-darles el honor- a unos términos como absolutos y a otros no.
Todo término ya es absoluto en el contexto del lenguaje y, además,
en la realidad que representa; es decir, cualquier término representa
una realidad, si no física, emocional. Si representa una realidad
física es un término capacitado para un lenguaje objetivo
en función, claro, de quien lo utilice (por ejemplo: el mar es
un término objetivo, pero deja de ser objetivo en cuanto alguno
lo utilice para una expresión subjetiva como "el mar es alegre");
en cambio, si representa una realidad emocional también es absoluto,
pero no expresa que su contenido de realidad sea físico, sino deseado,
imaginado, como una sugerencia que se ofrece o se regala, o como una intención
que se añade a la realidad física (por ejemplo: cuando alguno
dice "yo amo" eso es ya una intención de imaginación
añadida al hecho físico de la reproducción, es con
seguridad una "actividad emocional con deseos posibles o imposibles
de saciarse realmente", pero sobre todo él ama por un agrado
-un efecto psicológico- a lo que él conoce, porque lo deseado
llega entonces a estar más cerca de su realidad emocional).
Desde eso, cualquier hecho o acción o, incluso, intención
o palabra en cuanto que existe es absoluto (¿por qué sí
la energía y no un deseo si las dos realidades tienen cualidades
de existencia?); ahora bien, hay que discernir, hay que despejar lo que
es posible, a cada cual le pertenece un ámbito, una capacidad y
una acción en un contexto determinado, una derivación desde
un contexto y no desde otro. Por lo tanto, cuando uno habla de un conocimiento
absoluto, de algo que ha discernido previamente -"somos seres vivos"-
sólo habla de una, de una verdad dirigiéndose a algo sólo
en un contexto, y no habla de lo desconocido, ni del todo, ni del infinito,
ni de poderes sobrenaturales hacia él, por lo que es innecesario
-vano- el que algunos digan "los seres humanos no pueden llegar a
la verdad absoluta" -que no procede cuando a lo que llegan es a lo
preciso, a lo que se dirigen o señalan- si con esa máxima
se refieren a nada, a lo inconcreto o al todo; porque sencillamente con
ese truco se desvirtúa eficazmente lo que sí se conoce,
y se confunde.
Si ya con concreción uno dice que las células están
en movimiento acierta porque, eso y no las células de Supermán
o de Simbad el Marino, es una verdad absoluta en el contexto de las células
reales, no en otro.
Así de explícito, en un sentido semejante, también
es erróneo el que se diga "En el amor no siempre dos por dos
son cuatro" conforme a que, en el contexto del amor o de la emoción
o de la imaginación, no es válido lo objetivo ni mucho menos
lo fríamente matemático; no, no con respecto a que carezca
de lógica, considerándose que todo tiene una lógica
causal, sino más bien con respecto a que el amor se encuentra determinado
por el agrado y por el deseo, en fin por lo anímico, algo que cambia
de segundo a segundo en cada individuo. He ahí que es
subjetivo,
que no lo expresan directamente leyes físicas de la realidad en
pos de algo que se añade emocionalmente con causas emocionales
en cada instante.
Por otro lado, uno de los tópicos más viejos y más
estúpidos de los que existen es el "Sólo sé
que no sé nada", siquiera se haya defendido por una mayoría
de los intelectuales; y en grado tal que, su contenido, está vacío,
no contiene paradójicamente o contradictoriamente -a su trascendencia-
nada. Sí, desde luego, no es más que una frase hecha entre
las tantas para excusar una falta de modestia pero, al par de que lo pretende,
es sumamente hipócrita por su descuido, por su escasez de racionalidad
y de sinceridad: según la base de que un ser vivo es esencialmente
conocimiento ya que, para adaptarse al medio, primero ha de conocerlo
-o se adapta a medida de que lo conoce o sabe de él-.
Ningún ser vivo -no cabe en cabeza- llega a Marte con la intención
eficaz de "Aquí me adapto por cojones, sin saber nada, porque
sí y a lo loco".
Por último, también los hay que dicen -o que "lo sueltan"
sin saber lo que dicen- que la realidad es virtual o que es no sé
o no sé cuanto; pues
no, la realidad no es ni puede ser virtualidad
ni nada que se le parezca, sólo es directamente realidad, lo demás
son intenciones para "reglar un juego" o algo donde sí
se puede aprender de otra forma, pero no es realidad virtual. Por ejemplo
un teatro es ya realidad, lo que no es realidad es la otra realidad -su
contenido- a la que quiere representar, sólo la estudia o la analiza
o la quiere imitar; porque la otra es la otra-insustituible y sólo
se representa -o se representó- a ella misma.
* José REPISO MOYANO es Escritor,
poeta, y ensayista nacido en Cuevas de San Marcos (Málaga), 1965. Difunde
actualmente su obra de pensamiento en los periódicos digitales NUESTRA
BANDERA, OJO CRÍTICO, DIARIO INTERNACIONAL, CRÓNICA Y ANÁLISIS, LA GRILLA,
POLÍTICA Y ACTUALIDAD, VISIONMX y ESTE SUR.
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